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Taxistas, choferes de sus propios males

Por Axel Bárcenas 'El Rumor'

Los transportistas deben exigir mejoras en su condiciones y ajustes en el esquema de competitividad; pedir la desaparición de aplicaciones digitales atenta contra la modernidad.

“Para dónde vas, tío”, fue la frase de bienvenida que recibí por parte del chofer de un taxi a las afueras del Centro Comercial Buenavista. Con esfuerzo le vi la cara; lo oscuro de la noche se camuflajeó con los ensombrecidos interiores de aquel Nissan Tsuru que, entre los vidrios polarizados, apenas me dejaron ver el rostro de un tipo regordete tras el volante; del cual, sólo se distinguía su silueta debido al velo de luz neón que lo cubría. Entre la prisa, las cosas que llevaba en la mano y lo avanzado de la noche, me dejé llevar por el abrazo de un un olor a cigarro que no me soltó hasta subir al auto.

Al paso de unos minutos, entre el miedo y un celular que no dejaba de vibrar en mi pierna, decidí romper el hielo con una de esas preguntas de rutina: “¿qué tal el trabajo?”. Me costó trabajo escuchar lo que me respondió; a decir verdad, no le tomé importancia, mi argumento sólo buscó aminorar mi ansiedad y evadir la culpabilidad de no haber pedido un Uber. Entre eso, el escándalo de la canción ‘La ruana’ y el acoso de una Virgen de Guadalupe que no dejaba de mirarme mientras colgaba del espejo retrovisor, noté que mi viaje había terminado más rápido de lo normal.

Pague cerca de 60 pesos y, tras un “cámara, tío. Gracias”, fui expulsado de aquel Tsuru que sonaba como matraca al circular. Por seguridad, no me acerqué a la puerta de mi casa hasta notar que el vehículo a mis espaldas se retirara: jugué un par de segundos con las monedas que recibí como cambio hasta que pude ver la inscripción “en trámite”, enmarcada por un portaplacas, alejándose de mí.

Esto me hizo recordar las veces que mis hermanas recibieron comentario lascivos por parte de algunos taxistas o aquella ocasión en donde un conductor comenzó una plática incómoda entre mi exnovia y yo sobre hoteles de paso para tener encuentros sexuales. Entre otros casos similares, podría guiarme por la idea de que las aplicaciones digitales, prestadoras de servicio de transporte como Uber, Didi o Cabify, son mejores frente a los taxis convencionales; sin embargo, eso representaría un argumento simple, digno para un posteo iracundo en redes sociales en contra de las recientes manifestaciones de taxistas.

Nos guste o no, este grupo de personas está en su derecho de manifestarse, realizando, en algunos casos, peticiones bastantes razonables como la regulación en sus funciones y el establecimiento de un esquema de competitividad entre la aplicaciones digitales y el transporte concesionado. No podemos pasar por alto el hecho de que un chofer de taxi paga un proporcional de impuestos entre refrendos, tarjetón y  uso de placas; aunado al hecho de que no reciben subsidio de gasolina, la cual, a aumentado considerablemente, a diferencia de la tarifa en los taxímetros que no ha tenido ningún ajuste desde 2013.

Tomando en cuenta lo anterior, cobran sentido algunas de sus exigencias, como: pago de concesión por parte de los choferes de aplicaciones digitales por ofrecer servicios de transporte privado, pago de verificación especial y uso de cromática (color) en las unidades, sólo por mencionar algunas. No obstante, dejaron de lado aspectos importantes en su cotidianidad laboral, situación que terminó por pulverizar su preferencia dentro del servicio de transporte.

Desde hace años, este servicio concesionado es, junto con la Secretaría de Movilidad (Semovi), un cúmulo de prácticas corruptas que, ante la falta de regulación, tomó caminos infaustos hasta que las aplicaciones digitales terminaron con su régimen de prácticas gangsteriles. Muestra de ello es la venta ilegal de placas y tarjetones, así como los moches para ‘brincarse’ la revista en los taxímetros. Si a eso le sumamos el hecho de que diversos taxistas trabajan las unidades en condiciones deplorables (sin placas, modificados con accesorios ajenos a un medio de transporte, carentes de aseo -incluido el personal-), todo se resume a un tema de irresponsabilidad, donde la inoperancia de las autoridades y la poco respeto hacia su funciones, tiene a los taxistas tratando de apagar un fuego provocado por los demonios que ellos y todo su sistema transportaron.

En medio de esto, identifico entre sus reclamos una negación de la modernidad. Si bien es cierto que el uso de las Apps de transporte deben regularse (en este y en todos los casos relacionados con la movilidad en la Ciudad de México), considerando que se enriquecen ampliamente sin someterse concretamente a un marco de control, llegaron para llenar un vacío desatendido por autoridades y prestadores de servicios, pues nunca tuvieron la intención de modernizar sus condiciones laborales y prefirieron, como en muchos otros casos, tomar el camino de la ilegalidad para obtener mayores ingresos de forma ventajosa.

Para desgracia de muchos, las aplicaciones llegaron para quedarse: la lucha debería centrarse en mejorar el esquema de competitividad, minimizar los paupérrimos trámites burocráticos, establecer reglas claras en ambos casos y, por obvias razones, establecer un manual de operaciones, que, por ilógico que parezca, nunca existió y si es así, estoy seguro que más de la mitad de los taxistas manifestándose lo desconoce; de lo contrario, no tendríamos choferes conduciendo con camisetas sin mangas, malolientes y realizando comentarios obscenos a hombres y mujeres.

Insisto, el reclamo debe conducirse por el camino de la mejora en condiciones de trabajo y competitividad, no para desaparecer aplicaciones, eso sería negarse a la modernidad; cegarse ante las exigencias de una sociedad en constante cambio, que busca mejores opciones de movilidad, transportistas mejor preparados y no personas que se crucifican simbólicamente a los pies del Ángel de la Independencia. Cerrarle la puerta a la modernidad ventila una incapacidad adaptativa; apropiarse de esa idea es casi tan ridículo como culpar a una aplicación por la falta de trabajo.

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